Beber durante el entrenamiento parece una tarea sencilla hasta que aparecen los extremos. Hay quien espera demasiado y termina con dolor de cabeza, pérdida de ritmo o una sensación clara de agotamiento. También hay quien bebe por obligación, aunque no tenga sed, y acaba con el estómago lleno, sensación de hinchazón o incluso más peso que al empezar.
Aquí está una de las claves: hidratarse bien no significa intentar reponer cada gota de sudor a cualquier precio. Significa reducir una pérdida excesiva de líquidos sin convertir la bebida en otra fuente de problemas. La estrategia depende de la duración de la sesión, la temperatura, la intensidad, el acceso a líquidos y, sobre todo, de cuánto sudas tú.
No todas las sesiones necesitan la misma cantidad
En una sesión corta y moderada, especialmente si se realiza en un ambiente fresco, el agua disponible en las comidas y bebidas habituales suele ser suficiente para muchas personas. No es necesario convertir cada entrenamiento de menos de una hora en una operación de nutrición deportiva.
La situación cambia cuando aumenta la duración o cuando se acumulan factores que elevan la pérdida de sudor. Una salida larga en bicicleta, una carrera de montaña, una caminata exigente con calor o un entrenamiento intenso en una sala poco ventilada pueden requerir una planificación más precisa.
La intensidad también cuenta. El cuerpo produce calor durante el ejercicio y utiliza la sudoración para disiparlo. Dos personas que entrenan juntas, al mismo ritmo y durante el mismo tiempo, pueden perder cantidades muy diferentes de líquido. Influyen el tamaño corporal, la ropa, la aclimatación, la temperatura, la humedad y la propia variabilidad individual.
La sed aporta información, pero no siempre resuelve todo
La sed es una señal útil y, en muchas situaciones, ayuda a evitar tanto una deshidratación excesiva como el consumo innecesario de líquido. Sin embargo, no funciona igual en todos los contextos. Puede verse alterada por el frío, la concentración en la tarea, la disponibilidad limitada de bebida o el hecho de estar tomando alimentos y líquidos de forma programada.
Por eso no conviene adoptar una regla universal. Ni beber siempre antes de tener sed ni ignorarla por sistema son estrategias especialmente sólidas. La pregunta más útil es otra: ¿qué cantidad de líquido suelo perder en este tipo de sesión y cuánto puedo beber sin molestias?
Cómo estimar tu tasa de sudoración
No hace falta disponer de material sofisticado para obtener una primera referencia. Puedes pesarte antes y después de una sesión representativa, con ropa seca y en condiciones parecidas. También debes anotar cuánto has bebido y, si ha ocurrido, cuánto líquido has eliminado durante el entrenamiento.
La estimación básica consiste en sumar la pérdida de peso corporal y el líquido ingerido, y dividir el resultado entre la duración de la sesión. Si has perdido un kilo, has bebido medio litro y has entrenado durante dos horas, tu pérdida aproximada habría sido de un litro y medio en total, es decir, unos 750 mililitros por hora.
El resultado no es una cifra fija para toda la temporada. Conviene repetir la observación en condiciones diferentes: un día fresco, una sesión calurosa, una salida larga o un entrenamiento de mayor intensidad. La tasa de sudoración puede cambiar mucho entre escenarios.
Esta medición tampoco obliga a reponer exactamente todo lo perdido mientras entrenas. Sirve para evitar que bebas muy por debajo de tus necesidades habituales o que intentes compensar una pérdida moderada bebiendo más de lo que toleras.
Qué hacer con los entrenamientos largos
Cuando una sesión supera aproximadamente una hora, especialmente si es intensa o se realiza con calor, puede ser útil empezar a beber pronto y hacerlo en cantidades pequeñas y regulares. Esperar a encontrarse completamente vacío suele dificultar la corrección posterior. Beber grandes cantidades de una sola vez también aumenta la probabilidad de molestias digestivas.
La pauta debe adaptarse a la disponibilidad real. En una carrera con avituallamientos, la estrategia será distinta que en una ruta de montaña sin fuentes. En bicicleta puedes transportar más líquido que corriendo. En natación, aunque el entorno refresque la piel, también puede existir pérdida de sudor, sobre todo en piscinas cubiertas y sesiones largas.
El objetivo práctico no es terminar exactamente con el mismo peso que al empezar. Una pequeña reducción puede aparecer incluso cuando la sesión se ha gestionado correctamente. Lo que conviene evitar es una pérdida muy elevada y sostenida, así como acabar bebiendo de forma compulsiva para compensar.
Agua, sales y carbohidratos no cumplen la misma función
El agua resuelve una parte del problema, pero no siempre es la única variable. Durante esfuerzos prolongados, una bebida con carbohidratos puede aportar energía y facilitar que la estrategia sea más completa. Esto resulta especialmente relevante cuando la sesión exige mantener un ritmo alto o cuando se acumulan varias horas de actividad.
El sodio merece una explicación aparte. El sudor contiene sodio, aunque la concentración varía mucho entre personas. En sesiones largas, con mucho calor o con una sudoración abundante, una bebida con electrolitos puede ser útil dentro de una estrategia individualizada. Eso no significa que cualquier entrenamiento requiera suplementos ni que añadir más sal convierta automáticamente una bebida en una opción mejor.
La elección también debe tener en cuenta el estómago. Una bebida demasiado concentrada, muy fría, muy dulce o ingerida en grandes volúmenes puede causar problemas digestivos. La tolerancia se entrena de manera progresiva, igual que el ritmo o la ingesta de carbohidratos.
El error más frecuente: beber por encima de lo que se pierde
La preocupación por la deshidratación ha llevado a algunas personas a beber continuamente aunque no tengan sed y aunque no estén perdiendo mucho líquido. El problema es que el exceso de agua durante esfuerzos prolongados puede diluir la concentración de sodio en la sangre. En casos graves, esto puede provocar una alteración conocida como hiponatremia asociada al ejercicio.
No es motivo para dejar de beber ni para desconfiar de los líquidos. Es una razón para abandonar la idea de que cuanto más se bebe, mejor. Si durante una sesión larga notas náuseas, confusión, dolor de cabeza intenso, vómitos o un empeoramiento llamativo, conviene detener la actividad y buscar ayuda. Estos síntomas no deben interpretarse automáticamente como una simple falta de agua.
Una estrategia sencilla para empezar
- Clasifica la sesión. Diferencia entre un entrenamiento corto, uno largo, una actividad intensa y una salida realizada con calor.
- Observa tu respuesta. Anota la bebida que tomas, el peso antes y después y cualquier molestia digestiva.
- Evita los extremos. No esperes siempre a estar completamente sediento, pero tampoco bebas de forma automática sin tener en cuenta tus pérdidas.
- Prueba la estrategia entrenando. Una competición no es el lugar adecuado para descubrir cuánto toleras o qué bebida te sienta mal.
- Revisa el contexto. La misma cantidad puede ser insuficiente en verano y excesiva en una sesión suave de invierno.
La hidratación funciona mejor cuando se integra en la planificación general del entrenamiento. Igual que no se prescribe el mismo ritmo para todas las sesiones, tampoco existe una cantidad universal de líquido válida para todos los deportistas. El objetivo es llegar con una estrategia suficiente, tolerable y ajustada a la carga real.
Sobre el papel parece sencillo, pero la diferencia suele estar en los detalles: cuánto sudas, cuánto dura el esfuerzo, qué temperatura hace y qué puedes beber sin que el estómago se convierta en el factor limitante. Medir alguna sesión, observar las señales y corregir sin obsesionarse suele ser más útil que seguir una cifra rígida.
Artículo elaborado por Julia Miles, redactora IA de Histéresis.


