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Roma en 5 días: monumentos impresionantes, pasta, helados y muchas ganas de volver

Roma ha sido una de esas ciudades que nos ha conquistado desde el primer momento. Historia, arte, calles llenas de vida, restaurantes prácticamente a cada paso y alguna que otra parada gastronómica que, por supuesto, también forma parte de las vacaciones.

Durante cinco días recorrimos la ciudad, y cuando digo recorrimos, lo digo casi literalmente: nos desplazamos andando prácticamente todos los días. Una magnífica forma de conocer Roma, descubrir calles y rincones inesperados y, de paso, terminar algunas jornadas con los pies pidiendo vacaciones dentro de las vacaciones.

Roma nos ha encantado. No solo por sus monumentos, que son impresionantes, sino por ese ambiente tan especial que consigue que disfrutes tanto de una visita al Coliseo como de un sencillo capuchino en una terraza.

Día 1. Llegada a Roma, primeras impresiones y paseo por el centro

Nuestro viaje comenzó con la llegada al aeropuerto de Fiumicino, oficialmente denominado Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci.

Una vez recogidas las maletas, tocaba decidir cómo llegar hasta el centro de Roma. Existen diferentes alternativas: tren, autobús, traslados privados o taxi.

El Leonardo Express, por ejemplo, conecta directamente el aeropuerto con la estación de Roma Termini. También existen trenes regionales y diferentes servicios de autobús. La elección dependerá principalmente de dónde esté situado el alojamiento, del presupuesto y, por supuesto, de las ganas que tengamos de empezar las vacaciones cargando con las maletas.

Nosotros lo tuvimos bastante claro y decidimos coger un taxi oficial.

Después del vuelo, con el equipaje y cinco días de turismo por delante, nos apetecía empezar el viaje de la manera más cómoda posible: subirnos al taxi y que nos dejara directamente en la puerta del hotel.

Nuestro alojamiento: Trevi Collection Hotel

Para nuestra estancia elegimos el Trevi Collection Hotel, situado en una zona estupenda para recorrer a pie buena parte del centro histórico de Roma.

Nos alojamos en una suite y nuestra experiencia fue muy buena.

La habitación era amplia, limpia, cómoda y con un aspecto moderno, reformado o muy nuevo. Disponíamos además de aire acondicionado, algo que se agradece muchísimo después de pasar horas caminando por la ciudad.

También destacaría la amabilidad del personal, que contribuyó a que nuestra estancia resultara todavía más agradable.

Y uno de los grandes puntos fuertes del hotel fue, sin duda, su situación. Estábamos muy cerca de algunos de los lugares más conocidos de Roma, como la Plaza de España y la Fontana di Trevi, además de tener restaurantes, cafeterías y terrazas a nuestro alrededor.

Poder salir del hotel y encontrarnos en pocos minutos paseando por pleno centro de Roma fue todo un lujo.

Nuestra primera parada: la Plaza de España

Después de instalarnos, comenzamos a descubrir la ciudad acercándonos a la famosa Plaza de España.

Es uno de los lugares más conocidos de Roma y debe su nombre a la presencia histórica de la Embajada de España ante la Santa Sede en sus inmediaciones.

Uno de sus elementos más reconocibles es la monumental escalinata construida en el siglo XVIII, que comunica la plaza con la iglesia de Trinità dei Monti. A sus pies se encuentra la Fontana della Barcaccia, con su característica forma de embarcación.

La Fontana di Trevi: nuestro primer encuentro con uno de los símbolos de Roma

Desde la Plaza de España continuamos caminando hasta la Fontana di Trevi.

Y aquí llega uno de esos momentos en los que una fotografía no consigue transmitir completamente lo que tienes delante.

La Fontana di Trevi es una de las fuentes monumentales más famosas del mundo. La obra que contemplamos actualmente es principalmente del siglo XVIII y está integrada en la fachada del Palazzo Poli. En el centro de la composición aparece Océano rodeado de figuras mitológicas, caballos marinos, rocas y agua.

Además, la fuente está relacionada con el antiguo acueducto Aqua Virgo, cuyo origen se remonta a la época romana.

Es espectacular.

La cantidad de esculturas, el sonido del agua y la monumentalidad del conjunto hacen que apetezca quedarse allí un buen rato simplemente contemplándola.

Y todavía volveríamos a verla varias veces durante nuestro viaje.

Alojarse en esta zona también tenía otra ventaja importante: alrededor de la Fontana di Trevi y de la Plaza de España encontramos multitud de restaurantes, cafeterías, heladerías y terrazas.

Nuestro primer día terminó así, paseando por el centro y empezando a descubrir una ciudad de la que todavía nos quedaba muchísimo por conocer.

Día 2. El Coliseo, el Foro Romano y nuestro primer gran encuentro con la gastronomía italiana

Nuestro segundo día comenzó con una de las visitas que más ganas teníamos de hacer: el Coliseo.

Por muchas veces que lo hayas visto en fotografías, películas o documentales, encontrarte delante de él impresiona. Su tamaño, su arquitectura y el hecho de que lleve tantos siglos formando parte de la historia de Roma hacen que sea imposible pasar por allí con indiferencia.

El Coliseo: un viaje a la antigua Roma

El Coliseo, cuyo nombre original es Anfiteatro Flavio, comenzó a construirse en el siglo I d. C. durante el gobierno del emperador Vespasiano y fue inaugurado por su hijo Tito en el año 80.

En su interior se celebraban espectáculos públicos, entre ellos los famosos combates de gladiadores y las luchas con animales. Era uno de los grandes centros de entretenimiento de la antigua Roma y podía acoger a decenas de miles de espectadores.

Recorrerlo permite hacerse una idea de la magnitud de aquellas construcciones y de la importancia que tenían los espectáculos en la sociedad romana.

Además de su historia, me llamó especialmente la atención su arquitectura. Resulta increíble pensar en los medios de los que disponían hace casi dos mil años y contemplar lo que fueron capaces de construir.

Hora de comer: en Roma, encontrar un restaurante no es ningún problema

Después de visitar el Coliseo llegó uno de nuestros momentos favoritos del día: ¡la hora de comer!

Elegimos un restaurante cerca del Coliseo, una zona en la que resulta muy sencillo encontrar establecimientos donde sentarse a descansar y disfrutar de la cocina italiana.

Una de las cosas que más nos ha gustado de Roma es precisamente su oferta gastronómica. Hay restaurantes, trattorias, cafeterías y terrazas por todas partes, así que encontrar un lugar donde comer durante nuestros paseos fue muy fácil.

Y la gastronomía italiana merece un capítulo aparte.

Pasta de distintas variedades y con salsas deliciosas, pizzas, risottos y una carta de posibilidades que consigue que elegir un solo plato sea, en ocasiones, la parte más complicada del día.

Después de comer y recuperar fuerzas, continuamos nuestra jornada viajando de nuevo a la antigua Roma.

El Foro Romano: donde transcurría la vida de la ciudad

Nuestra siguiente visita fue el Foro Romano, situado muy cerca del Coliseo.

Si el Coliseo era uno de los grandes escenarios del entretenimiento, el Foro constituía el corazón político, religioso y comercial de la antigua Roma.

Lo que originalmente había sido una zona pantanosa comenzó a transformarse a finales del siglo VII a. C. Con el paso del tiempo se levantaron templos, edificios públicos y espacios destinados a las actividades comerciales y judiciales.

Hoy podemos pasear entre los restos de aquellas construcciones e imaginar cómo sería la vida cotidiana en una de las civilizaciones más importantes de la historia.

Es una visita que merece la pena hacer con calma. Cada columna, cada arco y cada ruina forman parte de una historia que se remonta muchos siglos atrás.

Y después de recorrer el Coliseo y el Foro Romano, además de todos los kilómetros que íbamos acumulando a pie por la ciudad, ya nos habíamos ganado sobradamente la merienda.

Un helado de limón y una cena cerca de la Fontana di Trevi

Por la tarde llegó el momento de la merienda: un helado de limón.

Los helados italianos son otra de las tentaciones que encontramos continuamente mientras paseamos por Roma. Y, después de una jornada recorriendo monumentos, un helado fresquito sienta de maravilla.

Para cenar regresamos a los alrededores de la Fontana di Trevi, muy cerca de nuestro hotel.

Esta fue otra de las grandes ventajas de alojarnos en pleno centro: después de un día intenso, podíamos salir a cenar sin tener que organizar grandes desplazamientos.

Y, de paso, seguir disfrutando de las calles y del ambiente de Roma por la noche.

Día 3. El Vaticano: un día entre algunas de las mayores obras de arte del mundo

El tercer día lo dedicamos a visitar el Vaticano, uno de los lugares que más nos han impresionado de todo el viaje.

Pero antes de comenzar con las visitas, tocaba desayunar como se merece.

Un desayuno para empezar bien el día

Un capuchino, un croissant y un bollo típico romano. Con un desayuno así, una ya sale del hotel con otra actitud.

Las cafeterías de Roma son una auténtica tentación, especialmente para quienes disfrutamos de un buen café acompañado de algo dulce.

Después de desayunar, nos dirigimos directamente al Vaticano.

La Basílica de San Pedro

La Basílica de San Pedro es uno de los templos más importantes del cristianismo y una de las grandes obras arquitectónicas del Renacimiento.

La construcción de la basílica actual comenzó en 1506 y contó con la participación de grandes artistas y arquitectos, entre ellos Bramante, Miguel Ángel y Bernini.

Su interior es absolutamente impresionante. Las dimensiones, los mármoles, las esculturas y la riqueza de cada rincón hacen que resulte difícil decidir hacia dónde mirar.

Entre las obras y los espacios que más destacan se encuentran los siguientes.

La Piedad de Miguel Ángel

Una de las esculturas más famosas que podemos contemplar en la Basílica de San Pedro es La Piedad de Miguel Ángel. Representa a la Virgen María sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo de Jesús después de la crucifixión y sorprende por la delicadeza de las figuras, la expresión de los rostros y el extraordinario realismo que Miguel Ángel consiguió trabajando el mármol.

Miguel Ángel era todavía muy joven cuando realizó esta obra, entre 1498 y 1499, y hay un detalle especialmente curioso: es la única obra que se conoce firmada por el propio artista.

La firma puede verse en la cinta que cruza el pecho de la Virgen, donde aparece una inscripción en latín con su nombre.

La historia que hay detrás de esa firma es todavía más curiosa. Según relató Giorgio Vasari en el siglo XVI, Miguel Ángel escuchó cómo algunas personas atribuían la escultura a otro artista. El joven escultor habría regresado entonces y grabado su nombre sobre la obra para dejar clara su autoría.

Vasari cuenta también que posteriormente Miguel Ángel se arrepintió de aquel gesto y decidió no volver a firmar ninguna de sus esculturas.

Es uno de esos pequeños detalles que hacen todavía más interesante contemplar La Piedad: además de estar delante de una de las grandes obras de Miguel Ángel, podemos buscar con la mirada la firma que el artista dejó grabada hace más de quinientos años.

El sepulcro de San Pedro

Según la tradición cristiana, la basílica se construyó sobre el lugar donde fue enterrado el apóstol San Pedro, considerado el primer papa. Su tumba se encuentra bajo el altar mayor, presidido por el monumental baldaquino de bronce diseñado por Bernini.

Las tumbas de los papas

Bajo la basílica se encuentran las Grutas Vaticanas, donde descansan numerosos pontífices. Es un espacio de gran importancia histórica y religiosa que permite conocer otra parte de la historia de la Iglesia.

Los Museos Vaticanos: arte por todas partes, incluso bajo nuestros pies

Después continuamos con los Museos Vaticanos, que reúnen una de las colecciones artísticas más importantes del mundo.

Sus orígenes se remontan al siglo XVI, cuando el papa Julio II comenzó a reunir y exhibir importantes obras de arte. A lo largo de los siglos, diferentes pontífices ampliaron las colecciones hasta convertirlas en el extraordinario conjunto que podemos visitar actualmente.

Y aquí tengo que reconocer que me quedé maravillada.

Por supuesto, las esculturas, las pinturas y las obras de arte son impresionantes, pero hubo dos elementos que me llamaron especialmente la atención: los mosaicos de los suelos y los techos.

Es uno de esos lugares en los que no sabes si mirar hacia delante, hacia arriba o hacia abajo. Cada sala parece esconder algún detalle que merece la pena contemplar.

Los mosaicos, los frescos, las galerías y la decoración de los techos convierten el recorrido en una experiencia visual extraordinaria.

Y cuando parece que ya has visto suficientes maravillas para un solo día, todavía queda la Capilla Sixtina.

La Capilla Sixtina: una auténtica obra maestra

La Capilla Sixtina es uno de los grandes tesoros artísticos del Vaticano y, sin duda, una de las visitas más impresionantes de nuestro viaje a Roma.

Fue construida en el siglo XV por encargo del papa Sixto IV, de quien recibe su nombre. Su interior alberga algunas de las pinturas más famosas de la historia del arte, realizadas por grandes artistas del Renacimiento.

Pero su principal protagonista es Miguel Ángel, que pintó la extraordinaria bóveda entre 1508 y 1512. En ella representó diferentes escenas del Génesis, entre las que destaca La creación de Adán, con esa famosa imagen en la que las manos de Dios y Adán están a punto de tocarse.

Años después, Miguel Ángel regresó para pintar El Juicio Final, un enorme fresco situado en la pared del altar que representa la segunda venida de Cristo y el destino de las almas.

Lo que más impresiona es la cantidad de detalles, figuras y colores que decoran la capilla. Es uno de esos lugares en los que no sabes dónde mirar porque cada rincón tiene algo extraordinario que contemplar. Y pensar que Miguel Ángel realizó semejante trabajo hace más de quinientos años resulta todavía más sorprendente.

Además de su inmenso valor artístico, la Capilla Sixtina tiene una gran importancia religiosa, ya que es el lugar donde se celebra el cónclave, la reunión de los cardenales encargados de elegir a un nuevo papa.

Durante la visita hay que guardar silencio y no está permitido hacer fotografías ni grabar vídeos, por lo que es una ocasión perfecta para olvidarse un momento del móvil y disfrutar de todo lo que tenemos delante.

Para nosotros, la Capilla Sixtina fue uno de esos lugares que justifican por sí solos una visita al Vaticano.

Importante: el código de vestimenta del Vaticano

Si tienes previsto visitar el Vaticano, conviene preparar la ropa con antelación.

Tanto para acceder a la Basílica de San Pedro como a los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina se exige una vestimenta adecuada. Deben llevarse los hombros cubiertos y evitarse las prendas sin mangas, los escotes pronunciados, las minifaldas y los pantalones cortos por encima de las rodillas.

Es un detalle importante, especialmente si se viaja en verano y las temperaturas invitan a llevar ropa muy ligera.

Granizado de limón y cena cerca de la Plaza de España

Después de tantas visitas y tantas maravillas artísticas, necesitábamos un pequeño descanso.

Nuestra merienda fue un granizado de limón, perfecto para refrescarnos y recuperar fuerzas.

Por la noche elegimos un restaurante cerca de la Plaza de España. Otra buena cena italiana para terminar un día que había estado lleno de historia y arte.

Después volvimos a la plaza para disfrutar un ratito de su ambiente y descansar tras otro día recorriendo Roma prácticamente de punta a punta a pie.

Día 4. El Panteón, la Plaza Navona y el encanto de Trastevere

Nuestro cuarto día estuvo dedicado a seguir descubriendo el centro histórico y a visitar uno de los barrios con más personalidad de Roma.

El Panteón: una obra arquitectónica extraordinaria

Comenzamos con el Panteón de Agripa, uno de los edificios mejor conservados de la antigua Roma.

Aunque el primer templo fue construido durante el gobierno de Agripa, el edificio que conocemos actualmente se levantó en tiempos del emperador Adriano, en el siglo II d. C.

Su elemento más espectacular es la enorme cúpula, que cuenta con una abertura circular en el centro, conocida como óculo, por la que entra la luz natural.

Lo más sorprendente es que esa abertura no está cubierta. Cuando llueve, el agua entra en el edificio y se evacúa mediante un sistema de drenaje situado en el suelo.

Contemplar una construcción de semejantes dimensiones y pensar que tiene casi dos mil años es verdaderamente impresionante.

La Plaza Navona: una de las plazas más bonitas de Roma

Continuamos nuestro recorrido por la Plaza Navona, una de las plazas más conocidas y animadas de la ciudad.

Su peculiar forma alargada tiene una explicación histórica: fue construida sobre los restos del antiguo estadio de Domiciano, levantado en el siglo I d. C.

Con el paso del tiempo, el espacio se transformó hasta convertirse en la magnífica plaza barroca que conocemos hoy. Entre sus principales atractivos se encuentra la Fuente de los Cuatro Ríos, diseñada por Bernini en el siglo XVII.

Es una plaza preciosa, rodeada de edificios históricos, restaurantes, cafeterías y terrazas.

Uno de esos lugares en los que apetece detenerse y disfrutar del ambiente.

Trastevere: calles con encanto y mucho ambiente

Después nos dirigimos a Trastevere, uno de los barrios más conocidos y pintorescos de Roma.

Su nombre significa literalmente «al otro lado del Tíber», ya que se encuentra en la orilla occidental del río.

Es un barrio que conserva un ambiente muy especial, con calles estrechas y empedradas, fachadas de colores cálidos, pequeñas plazas y numerosos restaurantes y terrazas.

Pasear por Trastevere es descubrir una Roma diferente de la de los grandes monumentos. Aquí el atractivo está también en perderse por sus calles, observar sus edificios y dejarse llevar por el ambiente.

Aprovechamos la visita para comer y seguir disfrutando de la gastronomía italiana, que a esas alturas del viaje ya se había convertido en uno de nuestros grandes descubrimientos.

Una tarde de capuchinos, refrescos y paseo

Por la tarde hicimos una pausa para tomar unos capuchinos y refrescos.

Porque sí, visitar Roma implica caminar mucho, pero también merece la pena reservar momentos para sentarse tranquilamente en una cafetería y disfrutar de la ciudad sin mirar el reloj.

Volvimos a pasear por la Plaza Navona, que nos había gustado especialmente.

Sus fuentes, sus edificios y el ambiente de las terrazas hacen que sea uno de esos lugares a los que apetece regresar, aunque ya lo hayas visitado unas horas antes.

Día 5. Compras cerca de la Plaza de España y despedida de Roma

Nuestro último día en Roma llegó demasiado pronto.

Después de cuatro jornadas descubriendo monumentos, iglesias, museos y barrios llenos de encanto, decidimos dedicar las últimas horas a pasear y hacer algunas compras por los alrededores de la Plaza de España.

Esta zona es una de las principales áreas comerciales de Roma.

Calles como Via dei Condotti, Via Frattina y Via del Babuino reúnen boutiques de firmas internacionales, tiendas de moda, joyerías y establecimientos de todo tipo. Es una zona agradable para pasear, mirar escaparates y aprovechar las últimas horas antes de regresar a casa.

Además, las calles cercanas ofrecen numerosas cafeterías donde hacer una última parada y disfrutar de otro café italiano.

Una última visita a la Fontana di Trevi

No queríamos despedirnos de Roma sin volver a la Fontana di Trevi.

Había sido uno de los primeros monumentos que visitamos al llegar y nos parecía el lugar perfecto para cerrar nuestro viaje.

Y, por supuesto, estaba pendiente la famosa tradición de lanzar una moneda a la fuente.

Según la creencia popular, hay que hacerlo de espaldas, con la mano derecha por encima del hombro izquierdo, para asegurarse de que algún día regresaremos a Roma.

No sabemos si la tradición funciona, pero, por si acaso, nosotros no quisimos arriesgarnos.

Porque después de estos cinco días tenemos clarísimo que queremos volver.

Roma, una ciudad que nos ha maravillado

Nos despedimos de Roma con la sensación de haber disfrutado muchísimo de cada día y, al mismo tiempo, de que todavía nos quedaban un montón de cosas por descubrir.

Nos han maravillado sus monumentos. El Coliseo y el Foro Romano nos permitieron acercarnos a la historia de la antigua Roma; el Panteón nos sorprendió por su arquitectura y las plazas nos conquistaron con sus fuentes y sus edificios históricos.

El Vaticano merece una mención especial. La Basílica de San Pedro, los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina fueron algunas de las visitas más impresionantes del viaje. Todavía recuerdo los mosaicos de los suelos, los techos decorados y esa sensación de encontrarnos rodeados de auténticas obras maestras.

También nos ha encantado el ambiente de la ciudad. Sus calles, sus terrazas, las cafeterías, las plazas llenas de vida y la posibilidad de encontrarte con un monumento extraordinario mientras simplemente estás dando un paseo.

Y qué decir de la comida.

Hemos disfrutado muchísimo de la gastronomía italiana: las pastas y sus numerosas variedades, las pizzas, los risottos, los capuchinos y, por supuesto, nuestros helados y granizados de limón.

Otra de las cosas que nos llevamos de este viaje es el buen trato recibido. La amabilidad de las personas con las que nos encontramos, tanto en el hotel como en los establecimientos que visitamos, contribuyó a que nuestra estancia fuera todavía más agradable.

Roma tiene algo que engancha. Es una ciudad monumental, pero también es una ciudad para pasear, comer bien, sentarse en una terraza y disfrutar de los pequeños momentos.

Cinco días nos han permitido conocer muchos de sus lugares más emblemáticos, aunque nos hemos quedado con ganas de seguir descubriéndola.

Por eso nuestra despedida tenía que ser en la Fontana di Trevi, lanzando esa moneda que, según la tradición, promete un regreso.

Arrivederci, Roma. ¡Esperamos volver muy pronto!

Texto: Generado por IA (supervisado por Leire García)
Fotografía: Leire García

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