El Ford Sierra RS Cosworth fue creado con una misión muy concreta: devolver a Ford el protagonismo en la competición de turismos. Sobre la base de un Sierra de producción, la marca desarrolló un motor turboalimentado de origen Cosworth, una carrocería profundamente modificada y una configuración capaz de enfrentarse a rivales mucho más sofisticados. El resultado fue un deportivo de carretera que no ocultaba su relación con los circuitos.
Presentado en 1985 y puesto a la venta en 1986, el Sierra RS Cosworth representó una época en la que la homologación todavía podía transformar un modelo familiar en una herramienta de competición. Su enorme alerón trasero, sus pasos de rueda ensanchados y su motor de cuatro cilindros marcaron una ruptura con la imagen discreta del Sierra convencional.
Un proyecto pensado para el Grupo A
La base elegida por Ford tenía varias ventajas. El Sierra utilizaba un motor delantero longitudinal y propulsión trasera, una arquitectura adecuada para desarrollar una versión deportiva. Además, su carrocería aerodinámica ofrecía un punto de partida interesante, aunque el modelo normal necesitaba importantes modificaciones para controlar la estabilidad a alta velocidad.
Ford recurrió a Cosworth para desarrollar el propulsor. El resultado fue el conocido motor YB, un cuatro cilindros en línea de 1.993 centímetros cúbicos, con culata de 16 válvulas, doble árbol de levas y turbocompresor Garrett. En la versión de carretera entregaba 204 CV a 6.000 revoluciones por minuto y un par máximo cercano a 270 Nm.
El bloque procedía de la familia Pinto, pero el resto del conjunto recibió modificaciones profundas. La culata, los pistones, las válvulas, la gestión electrónica, la lubricación y el sistema de sobrealimentación fueron adaptados para soportar un uso mucho más exigente. No era simplemente un motor de serie con un turbo añadido: Ford y Cosworth tuvieron que convertir una mecánica existente en una plataforma capaz de competir.
El motor YB y la respuesta del turbo
El carácter del Sierra RS Cosworth estaba muy condicionado por su turbocompresor. A bajo régimen no ofrecía la respuesta inmediata de un motor atmosférico moderno, pero la entrega resultaba progresiva para los estándares de la época. El turbo comenzaba a trabajar con claridad por encima de las 1.800 revoluciones y el motor alcanzaba una respuesta especialmente contundente en la zona media.
La caja de cambios manual de cinco velocidades era una Borg-Warner T5, elegida por su resistencia y por su capacidad para soportar el par del motor. La potencia llegaba al eje trasero, acompañado por un diferencial autoblocante viscoso. Esta configuración permitía aprovechar la ligereza relativa del conjunto, aunque también exigía tacto al acelerar sobre superficies deslizantes.
El resultado era un coche capaz de acelerar de 0 a 100 km/h en menos de siete segundos y de superar los 230 km/h. Más importante que las cifras era la forma en la que combinaba prestaciones con una carrocería práctica. No tenía la sofisticación de un gran turismo de lujo, pero podía utilizarse a diario y ofrecía espacio suficiente para cumplir como compacto deportivo.
Una aerodinámica imposible de ignorar
La imagen del Sierra RS Cosworth quedó definida por su carrocería de tres puertas y por el gran alerón trasero. La pieza no era un adorno añadido para llamar la atención. El Sierra convencional podía generar sustentación a alta velocidad, así que Ford necesitaba modificar el flujo de aire y mantener estable el eje trasero.
El kit incluía paragolpes específicos, taloneras, pasos de rueda ensanchados, tomas de aire en el capó y un spoiler delantero más bajo. El alerón dominaba la zaga y se convirtió en el elemento visual más reconocible del coche, pero su función estaba relacionada con el equilibrio aerodinámico y no solo con la estética.
También se revisaron la suspensión y los frenos. El chasis recibió tarados más firmes, barras estabilizadoras específicas y una puesta a punto orientada a soportar una conducción rápida. El coche no buscaba el confort de un Sierra convencional. Su prioridad era mantener la precisión y la estabilidad cuando el motor empezaba a entregar todo su empuje.
El RS500: una evolución nacida para competir
En 1987 apareció el Ford Sierra RS500 Cosworth, una evolución desarrollada para completar la homologación necesaria en competición. Se fabricaron 500 unidades, muchas de ellas destinadas a convertirse en la base de los coches de carreras que participarían en los campeonatos de turismos.
El RS500 incorporaba un turbocompresor de mayor capacidad, un intercooler más grande, mejoras en la alimentación y modificaciones en la aerodinámica. También incluía cambios destinados a facilitar la preparación para circuito. En carretera, estas mejoras aumentaban el margen de desarrollo del motor; en competición, permitían alcanzar niveles de potencia muy superiores a los de la versión estándar.
Es importante separar el coche de carretera de los vehículos que compitieron. Los RS500 de circuitos podían utilizar preparaciones específicas, modificaciones de motor y configuraciones aerodinámicas que no correspondían a la unidad de serie. Su éxito deportivo no significa que todos los ejemplares vendidos al público ofrecieran esas mismas prestaciones.
Del tres puertas al Sapphire de cuatro puertas
Después del modelo original, Ford trasladó la fórmula Cosworth a la carrocería de cuatro puertas del Sierra Sapphire. La versión de propulsión trasera mantuvo el motor turbo de dos litros y ofreció una apariencia más discreta, aunque conservaba el carácter mecánico del modelo de tres puertas.
En 1990 llegó el Sapphire RS Cosworth 4×4. La tracción total mejoraba la capacidad de tracción y permitía utilizar con mayor eficacia el par del motor, aunque también añadía peso y complejidad. Esta versión utilizaba una evolución del motor YB que alcanzaba aproximadamente 220 CV y fue concebida para mantener competitivo al Sierra frente a la nueva generación de deportivos turbo con cuatro ruedas motrices.
La transición no fue completamente sencilla. El sistema de tracción total y la transmisión tenían que soportar un uso muy exigente, mientras que el aumento de peso modificaba el comportamiento del coche. Aun así, el 4×4 ofrecía una respuesta más aprovechable en condiciones difíciles y preparó el camino técnico para el posterior Ford Escort RS Cosworth.
Su importancia en la competición
El Sierra RS Cosworth destacó especialmente en los campeonatos de turismos, donde su motor turbo y su configuración de propulsión trasera encajaban bien con las exigencias del Grupo A. El RS500 se convirtió en una presencia habitual en circuitos europeos y australianos, con preparaciones de competición que aprovechaban su robusto motor y su potencial aerodinámico.
También tuvo presencia en rallyes. El Sierra de propulsión trasera consiguió resultados relevantes sobre asfalto, incluido el triunfo absoluto en el Rally de Córcega de 1988. Más adelante, el Sapphire RS Cosworth 4×4 permitió a Ford competir con una arquitectura más adecuada para superficies deslizantes, aunque su recorrido en los rallyes del Mundial fue más limitado que el de otros modelos con una concepción específicamente diseñada para esa disciplina.
Un clásico con una personalidad muy concreta
El Ford Sierra RS Cosworth no destaca únicamente por su potencia. Su importancia está en haber unido tres mundos que rara vez coincidían: la producción en serie, la ingeniería de competición y el uso cotidiano. Era un coche práctico en su planteamiento, pero técnicamente mucho más ambicioso que el Sierra del que partía.
Su mantenimiento exige atención. El motor turbo necesita lubricantes adecuados, refrigeración en buen estado y una gestión electrónica correctamente conservada. También conviene revisar la transmisión, el diferencial, el sistema de tracción total en las versiones 4×4 y cualquier modificación realizada a lo largo de su vida. Muchos ejemplares fueron preparados, modificados o utilizados intensivamente, por lo que la originalidad y el historial mecánico tienen una importancia especial.
El Sierra RS Cosworth representa el momento en el que Ford entendió que una berlina de producción podía convertirse en una herramienta seria para los circuitos sin renunciar por completo a la utilidad diaria. El motor YB, la aerodinámica de gran tamaño y la evolución hacia la tracción total definieron una familia que dejó una huella profunda en los deportivos europeos de los años ochenta y noventa.
Artículo elaborado por Álex Rivas, redactor IA de Histéresis.


