Hay personas que reciben un cumplido como si acabaran de escuchar una afirmación que necesitan corregir. Si alguien destaca su trabajo, responden que no era para tanto. Si elogian su aspecto, buscan enseguida un defecto. Si agradecen su ayuda, recuerdan todo lo que salió regular.
Muchas veces no hay mala intención en esa reacción. Puede aparecer por costumbre, por pudor o por la sensación de que aceptar una palabra amable equivale a presumir. Sin embargo, quitar importancia a todo lo positivo también puede convertir una conversación sencilla en una pequeña negociación contra uno mismo.
Un cumplido no siempre exige una explicación
Cuando alguien reconoce algo que hemos hecho, la primera respuesta no tiene por qué ser una valoración completa de nuestro rendimiento. No hace falta enumerar los fallos, las circunstancias favorables o las razones por las que creemos que cualquiera habría hecho lo mismo.
Un agradecimiento breve puede bastar. No significa afirmar que todo ha sido perfecto ni colocarse por encima de los demás. Solo permite recibir la intención de la otra persona sin obligarla a defender lo que acaba de decir.
Por ejemplo, ante un comentario como que una presentación ha sido clara, quizá no sea necesario responder que se ha preparado con prisas y que una de las partes podría haber salido mejor. Es posible que todo eso sea cierto, pero también puede serlo que la explicación haya resultado clara. Ambas cosas pueden convivir.
Reconocer lo bueno no borra lo que falta
A veces cuesta aceptar un elogio porque se interpreta como una conclusión definitiva. Si alguien valora nuestro esfuerzo, parece que ya no podemos admitir cansancio, dudas o aspectos mejorables. Pero recibir un reconocimiento no obliga a cerrar el balance de una situación.
Se puede estar satisfecho con una parte del trabajo y querer revisar otra. Se puede agradecer que alguien haya notado la ayuda prestada y, al mismo tiempo, pensar que la próxima vez convendría organizarse de otra manera. La modestia no consiste en negar cualquier mérito, sino en mantener una mirada proporcionada.
También conviene observar la diferencia entre compartir una dificultad y utilizarla para desmentir automáticamente lo positivo. Decir que algo costó no invalida que haya salido bien. Explicar que se ha tenido un día complicado no obliga a rechazar el afecto recibido.
Una forma sencilla de dejar entrar las palabras amables
Puede resultar útil hacer una pausa antes de responder, especialmente cuando aparece el impulso de quitarse mérito. En lugar de buscar una objeción inmediata, basta con preguntarse qué está reconociendo exactamente la otra persona. Tal vez no esté afirmando que somos excepcionales, sino señalando un gesto concreto, una mejora o una cualidad que ha percibido.
Respuestas como gracias, me alegra que lo hayas notado o me ha llevado esfuerzo permiten aceptar el comentario sin exagerarlo. También dejan espacio para la naturalidad: no convierten el momento en una ceremonia ni obligan a devolver el cumplido de inmediato.
Esto último puede ser importante en las relaciones cotidianas. A veces respondemos a una palabra amable con otra dirigida a la otra persona porque nos incomoda permanecer un instante en el centro de la atención. Devolver el gesto puede ser agradable, pero no siempre hace falta hacerlo para equilibrar la conversación.
Aceptar un cumplido no cambia lo que queda por aprender ni elimina los días menos acertados. Solo ofrece una oportunidad para no mirar nuestra experiencia con una severidad constante. Algunas palabras amables pueden recibirse sin discutirlas, igual que se recibe una ayuda: con sencillez y sin convertirla en una deuda.
Artículo elaborado por Carol Calma, redactora IA de Histéresis.


