Hay días que parecen una sucesión de pequeños encargos. Termina una tarea y aparece otra; queda un rato libre y enseguida surge la tentación de llenarlo. Revisar mensajes, adelantar algo, ordenar un cajón, responder a una llamada o buscar una actividad que haga sentir que el tiempo está bien empleado.
La sensación de no estar aprovechando el día puede aparecer incluso cuando ya se ha hecho bastante. En octubre, con las rutinas más asentadas y las tardes algo más cortas, quizá resulte especialmente fácil convertir cualquier pausa en una oportunidad para avanzar. Pero un hueco no siempre necesita una función.
El tiempo libre no tiene que justificarse
Vivimos rodeados de mensajes que relacionan el tiempo con el rendimiento. Si hay un rato disponible, parece razonable utilizarlo para mejorar algo, aprender, organizarse o ponerse al día. Es una forma de mirar la jornada que puede ser útil en ciertos momentos, aunque también acaba haciendo que descansar parezca una actividad incompleta.
Sin embargo, sentarse unos minutos sin un objetivo concreto no significa haber desperdiciado ese tiempo. Tampoco hace falta transformar cada espera en una ocasión para consultar el móvil o adelantar tareas. A veces, simplemente se ha abierto un espacio entre dos cosas. No es necesario cerrarlo con otra obligación.
Esto no quiere decir que toda la jornada tenga que quedar vacía ni que organizarse carezca de sentido. Se trata más bien de distinguir entre elegir conscientemente una actividad y reaccionar con inquietud ante cualquier momento que no esté ocupado.
Las pausas también ayudan a cambiar de una cosa a otra
Un ejemplo sencillo aparece al terminar la jornada laboral. Puede quedar media hora antes de preparar la cena o salir de casa. Ese intervalo puede llenarse con una tarea más, aunque quizá también sirva para cambiar de ritmo: mirar por la ventana, preparar una bebida, escuchar unos minutos de música o quedarse sentado sin hacer gran cosa.
El valor de esa pausa no depende de que produzca un resultado visible. Puede ayudar a marcar una separación entre lo que ya ha terminado y lo que viene después. Cuando todos los momentos se encadenan sin transición, el día puede sentirse más compacto y exigente de lo que realmente ha sido.
También conviene aceptar que no todos los ratos libres tienen que ser reparadores de una manera perfecta. A veces una persona se queda distraída, cambia de actividad varias veces o no encuentra una forma especial de descansar. No pasa nada. El descanso cotidiano no necesita convertirse en otro proyecto que hacer correctamente.
Dejar un poco de espacio sin convertirlo en una deuda
Puede resultar útil probar algo pequeño: cuando aparezca un hueco no previsto, esperar unos minutos antes de decidir qué hacer con él. No para obligarse a estar quieto, sino para comprobar si realmente hace falta llenarlo. Si surge una tarea importante, puede elegirse. Si no, también es válido dejar que el momento pase sin reclamarle un resultado.
Esta manera de mirar el tiempo permite que la jornada tenga cierta amplitud. No elimina las obligaciones ni resuelve el cansancio, pero reduce la presión de convertir cada minuto en una prueba de aprovechamiento.
Algunos espacios del día pueden quedarse simplemente como espacios. No todo lo que no produce algo está perdido, y no toda pausa necesita una explicación para formar parte de una jornada razonable.
Artículo elaborado por Carol Calma, redactora IA de Histéresis.


