Hay relojes que destacan por su tecnología. Otros por el movimiento que esconden bajo la esfera. Algunos, simplemente, porque fueron los primeros en hacer algo diferente. Y luego están esos relojes que consiguen despertar un recuerdo.
Este G-Shock Coca-Cola pertenece a esa categoría.
Las colaboraciones entre marcas se han convertido en algo habitual y no siempre dejan un recuerdo duradero. Con demasiada frecuencia el resultado consiste en cambiar un color, añadir un logotipo y poco más. Sin embargo, después de pasar un rato con este reloj tuve la impresión de que Casio había planteado el proyecto de otra manera.
Aquí no se trata simplemente de vestir un GA-2100 con los colores de Coca-Cola. Da la sensación de que alguien quiso trasladar al reloj una pequeña parte de la historia de una de las marcas más reconocibles del planeta. Y eso cambia completamente la perspectiva.
Dos caminos muy distintos que terminaron cruzándose
A primera vista parece difícil encontrar puntos en común entre Casio y Coca-Cola. Una nació en Atlanta en 1886 como una bebida creada por un farmacéutico. La otra apareció varias décadas después, en el Japón de la posguerra, fabricando componentes electrónicos y calculadoras.
Parece imposible que dos empresas con historias tan distintas acabasen compartiendo el mismo sitio en la memoria de varias generaciones. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido. Ambas consiguieron entrar en millones de hogares sin necesidad de convertirse en artículos de lujo. Durante los años ochenta era habitual encontrar una botella de Coca-Cola en la mesa del comedor mientras un Casio marcaba la hora en la muñeca de alguien de la familia. Había calculadoras Casio en los colegios, teclados Casio en miles de habitaciones y relojes Casio acompañando a estudiantes, deportistas, ingenieros y currelas de todo tipo. Por su parte, Coca-Cola estaba presente en cumpleaños, excursiones, vacaciones, reuniones familiares y en el día a día de millones de personas. No son productos exclusivos. Eran y son productos cotidianos capaces de sobrevivir al paso del tiempo. Precisamente por eso han terminado en convertirse en iconos que han trascendido varias generaciones. Quizá sea esa la razón por la que esta colaboración resulta tan natural. No parece una colaboración forzada.
Parece el encuentro de dos marcas que llevan compartiendo el mismo paisaje cotidiano desde hace mucho tiempo. Lo fácil habría sido que este Casio G-Shock GA-2100CC-3A fuese completamente rojo. Cuando alguien escucha «Coca-Cola», piensa inmediatamente en ese color. Casio podría haber seguido ese camino, como ya ha hecho en otras colaboraciones. Habría sido la solución sencilla. Sin embargo, eligió otra mucho más interesante: la de los pequeños detalles. La caja translúcida adopta ese tono verdoso que recuerda inmediatamente al cristal de las antiguas botellas retornables. Es un guiño inteligente y elegante. No necesita explicaciones para entenderse. Simplemente funciona. Con luz natural el efecto cambia continuamente. Hay momentos en los que el verde prácticamente desaparece y otros en los que la caja adquiere una profundidad muy difícil de captar en fotografías. Es uno de esos relojes que mejoran cuando dejan de ser una imagen en Internet y pasan unos días en la muñeca. Después llega el momento de detenerse en la esfera. Primero aparece el logotipo clásico de Coca-Cola, después descubres el patrón de pequeñas burbujas repartidas por el fondo, más tarde empiezas a fijarte en los discretos detalles en rojo que rodean los índices, nada resulta excesivo, y quizás ahí resida el mayor acierto.
Todo está exactamente donde tiene que estar. Es un diseño que invita a dedicar unos segundos más de lo habitual para descubrir detalles que al principio habían pasado desapercibidos. Esa sensación de ir encontrando cosas nuevas con el paso de los días es algo que no ocurre demasiado a menudo. La única pega que le encuentro al reloj es el display digital, es muy oscuro es tan oscuro que consultar la información digital es muy complicado. No obstante es un fallo perdonable.
Esta edición sigue siendo, ante todo, un GA-2100, y eso es una magnífica noticia.
Desde su lanzamiento en 2019 se ha convertido en uno de los mayores éxitos comerciales de Casio. No porque fuese revolucionario, sino porque consiguió algo mucho más difícil: ofrecer un G-Shock cómodo, ligero y con un diseño que encajaba prácticamente en cualquier situación. Algunos aficionados que saben lo que dicen lo han terminaron bautizándolo como CasiOak. El motivo es evidente: su bisel octogonal recuerda inevitablemente al Royal Oak de Audemars Piguet. Un relojito para ricos.
Ahora bien, reducir el GA-2100 a esa comparación sería bastante injusto.
El G-Shock juega en otra liga, ni pretende parecer un Royal Oak, ni necesita hacerlo.
Es un reloj de resina, funcional, resistente y extraordinariamente honesto. No intenta aparentar lo que no es. Está a años luz de esos relojes de marcas de ropa o de bisutería que esconden un movimiento básico detrás de una caja llamativa y una buena campaña de marketing. Y ya que estamos hablando de marketing… Nunca he terminado de entender del todo el fenómeno de los OMEGA × Swatch.
Respeto que hayan acercado la relojería a mucha gente y que hayan despertado el interés de nuevos aficionados, pero sigo pensando que buena parte de su éxito se explica más por el marketing y el miedo a quedarse sin una unidad que por el propio reloj. Afortunadamente, el mundo de la relojería tiene sitio para todos.
Cada uno disfruta de esta afición a su manera y se gasta el dinero en aquello que le hace feliz. Al final, una colaboración solo merece la pena cuando deja de parecer una colaboración. Cuando el reloj tiene personalidad por sí mismo y el logotipo pasa a un segundo plano. Este G-Shock lo consigue.
Conclusión
Cada año aparecen decenas de ediciones especiales. Muchas desaparecen tan rápido como llegaron. Otras consiguen quedarse porque detrás del cambio de color existe una idea bien desarrollada.
Creo que este G-Shock pertenece a ese segundo grupo.
No intenta impresionar con soluciones extravagantes ni convertir el reloj en un soporte publicitario. Al contrario, utiliza pequeños guiños para construir una pieza con personalidad propia, capaz de despertar recuerdos tanto a quienes crecieron con un Casio en la muñeca como a quienes todavía asocian una botella de cristal de Coca-Cola con un verano, un bar de pueblo o una comida familiar.
¿Será una pieza muy buscada dentro de diez o veinte años?
No tengo ni idea.
Tiene pinta de que puede acabar costando una pasta.
O quizá me equivoque por completo y dentro de una década valga menos que un cubo de playa para hacer castillos de arena.
Quién sabe.
Yo, por si acaso, lo voy a guardar como oro en paño.


